Hoy a las 14 hs. en el Cinema 1, antes de la proyección de Doctor Zhivago, como aniversario del centenario de su realizador se presentará el cuarto y último de los libros editados por el Festival. Escrito por el periodista y realizador Juan Carlos Fauvety, David Lean. El rey de los momentos es el resultado de una investigación de más de una década sobre el realizador británico. Reproducimos, a continuación, su prólogo, escrito por el investigador y cineasta inglés Kevin Brownlow.
“Imposible”, le dije al editor. ¿Cómo puedo escribir una biografía de David Lean? “Estoy en medio de un documental sobre David Wark Griffith para la Thames Television.” El editor insistió unas semanas después: “¿Qué tal si usted lo hiciera sólo por medio de entrevistas?”. Eso sonó irresistible; tenía ya una imagen de mí mismo, tomando un café y conversando sobre la Historia del Cine con David Lean. “¿Usted se refiere a grabar sus entrevistas y que él haga el resto?”, repliqué. “Exactamente”, contestó.
Y así me encontré llegando a una enorme casona de venta de muebles en Wapping que había sido convertida en la Fortaleza Lean. Ya con paso seguro, la imagen cobró vida: Lean me recibió muy bien en su hogar. Se sentó de espaldas al río; el efecto fue tan pintoresco que hubiese deseado filmarlo. Aunque ya estaba entrando en sus ochenta, Lean estaba muy inquieto y sentí que estaba hablando con un hombre joven.
La primera sorpresa fue ver cuánto le fascinaba aún el cine mudo. El gran director irlandés Rex Ingram había sido la inspiración de su infancia; cuando vio un primer plano del comandante de la embarcación U-Boat en Mare Nostrum (1925), se dio cuenta de lo que era un director en su puesto y que él quería ser como ese director.
Sabiendo que David Gill y yo estábamos llevando al escenario algunos personajes de famosas películas mudas acompañándolos con orquestas en vivo, nos sugirió que presentáramos The Four Horsemen of the Apocalypse (Los cuatro jinetes del Apocalipsis, 1921), de Ingram, que era su película muda favorita. Lean era muy persuasivo: David y yo nos encontramos restaurando The Four Horsemen... y reconstruyendo después sus personajes.
Lean había sido criado entre cuáqueros, y el cine estaba fuera de esas creencias familiares, por lo que fue mucho más explosivo aún su deseo de entrar finalmente y a hurtadillas dentro de una sala de cine junto con un compañero de escuela para ir a ver una función de matinée de The Hound of the Baskervilles (El mastín de los Baskerville, 1921) de Maurice Elvey.Por una remarcable coincidencia, Elvey fue el primer director con el que Lean trabajó cuando comenzó en Gaumont Studios, después de ser el muchacho que servía el té. Él se dio cuenta de mi sonrisa cuando mencionó a Maurice Elvey, el director británico más prolífico, el que una vez dijo: “Hice doscientas películas, todas malas, pero fueron doscientas”. Lean reconocía que la gente se reía de Elvey, “pero nunca supe por qué, ya que era muy eficiente en su trabajo, agradable en sus modales e hizo excelente películas”.
Inspirado por Lean, me encontré dentro del British Film Institute mirando Hindle Wakes y Palais de Danse (ambas de 1928), y quedé convencido de que Elvey había filmado formidables títulos (eventualmente, el BFI restauró Hindle Wakes en VHS).
Después de un período de cortar y montar noticieros, David Lean se convirtió en un gran editor. Sus historias de aquellos primeros tiempos eran tan interesantes que le pregunté, si tuviera que pensar en todos los directores con los que trabajó, quién fue el más negado injustamente por la historia. “¿Alguna vez oyó hablar de Bernard Vorhaus?”, me preguntó. “Nunca escuché hablar de él”, respondí, pero yo sabía que lo averiguaría para mi siguiente visita.
Vorhaus estaba viviendo en St. John’s Wood, y quedó sorprendido de que fuera recordado por David Lean. Había estado fuera de la industria durante tanto tiempo que no recordaba virtualmente nada. Pero el BFI estaba restaurando algunas de sus quota quickies (películas inglesas de bajo presupuesto). Esto derivó en retrospectivas en el National Film Archive de Londres, el Festival de Edimburgo y el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Sus memorias eventualmente aparecieron y produjo su autobiografía: todo fue gracias a la devoción que declaró tener David Lean sobre él.
Finalmente, le pregunté a Lean cuándo aparecería su autobiografía. Se quedó desorientado. “Pensé que usted la estaba escribiendo”, me respondió. Nos dimos cuenta de que estábamos llevándonos muy bien y que estábamos verdaderamente spiegeliados (en referencia a los extraños comportamientos del famoso productor Sam Spiegel). Pero eso ya no importa. Cuando Lean murió, me embarqué en el libro y lo completé en 1996 (fue reeditado en el año de su centenario).
Recuerdo esas visitas a Wapping como las más fascinantes de mi vida. Lean fue un maestro ideal; él lo hacía a uno partícipe de sus historias y de su entusiasmo. Es una maravilla curiosa que su trabajo haya tenido tal efecto sobre los cineastas de todo el mundo.
Lean lucía como un emperador romano, aunque la nobleza de su mente lo sobrepasara en grande, con sus orejas al mejor estilo Buda. Tenía una voz de comando y, cuando le hablaba a alguien, uno quedaba convencido de que era la persona más importante en su alrededor. Tenía una extraordinaria y encantadora crítica de sí mismo, aunque en sus últimos meses, probablemente debido a las medicaciones que tuvo que tomar, fue inducido a sobrepasar etapas de mal carácter. Me gustaba enormemente, y aparentaba estar más ansioso en cada nuevo encuentro que teníamos. Estoy seguro de que realmente lo estaba. Sortear sus memorias debe de haber sido muy doloroso para él. Pero fue estoico ante ello.
Recuerdo sus últimos días en el hospital: un amigo le llevó un ramo de narcisos, como tributo a la famosa escena de Doctor Zhivago. Lean había sido un amante de los jardines y adoraba las flores, pero ya le era difícil poder comentarlo; el cáncer le había afectado la garganta. Lean retribuía esa gratitud a través de sus ojos. Mientras estaba parado junto a su cama, yo me sentí paralizado ante el hecho de que ese método fuera realmente tan apropiado para la ocasión: él estaba reaccionando del mismo modo que los actores del cine mudo lo hacían, de la misma manera que a él lo habían apasionado e inspirado desde el comienzo.
Kevin Brownlow |