Hay, en la tercera película de Loza, dos personajes solitarios cruzados por un dolor profundo. Ella entrega su cuerpo, como desconectándose de él, a las prácticas de medicina de la universidad. Él, un estudiante, la busca, la sigue y le hace una propuesta: pagarle por que lo acompañe en un viaje. Ella desconoce los motivos y el destino, pero por alguna razón acepta. En ambos late una obsesión que tiene que ver con lo orgánico, y que se manifiesta en planos cercanos que adquieren por momentos una intimidad lacerante; el tipo de imágenes en los que los pliegues de la carne quedan aumentados casi hasta que el cuerpo humano se vuelve extraño. Como un objeto más, entre todos aquéllos en los que la cámara se posa con atención en este viaje de diálogos administrados con precisión –nunca revelando más de lo necesario–, como trazando un paralelo o una zona de superposición entre la línea marcada por la pintura descascarada sobre una pared y las que surcan nuestra piel y nuestra carne. Presentada en Locarno (de donde Colombo se fue premiada por su actuación) y San Sebastián, la nueva obra de Loza es un viaje al interior que toca lo insondable; que sin recurrir a estridencias golpea los sentidos; que en un mismo movimiento distancia y acerca, duele y abriga. |