¿Cómo transformar (hacer evolucionar) a una comedia entre física y absurda, con un pie en Robinson Crusoe y el otro en Jackass, en un objeto que flota solitariamente en su mainstream originario? Y no sólo eso: Castaway on the Moon se erige como un film/continente, una isla flotante que usa a los prejuicios como material de base para crear una comedia romántica, de ésas en las que se corre tras el amor y todo lo demás. Alquimia, que le dicen. Una alquimia que toma al romanticismo anárquico –ése que busca demoler y vaciar de contenido a la vida de tarjetas, préstamos y cosas de bancos, obligando a nuestro Crusoe a tirarse al río en busca de la libertad (muerte, suelen decirle)– para darle la forma de una extraña cinefilia, tan casera como salvavidas. Como si el director Lee Hey-jun hubiera corrido la misma suerte de su personaje −quedarse varado en una isla desde la cual se puede ver la metrópoli pero no alcanzarla− y recibiera al cine en la forma de una botella lanzada al mar. Así, y no de otra forma, parecen estar invocadas la anarquía de los Marx (que no su velocidad), el pintoresquismo cool de Wes Anderson (que no su melomanía), la furia contra la superficialidad de la sociedad de Sam Raimi (pero sin el salvajismo a la Ash); y la lista puede seguir, pero sería acumular envases vacíos: Lee hace de Castaway on the Moon un manifiesto que, antes de mostrarle los dientes al sistema, le dice que cualquier género, cualquier descastado, cualquier pasión alcanzan y sobran para tener más vida de la que parece posible cuando corremos porque llegamos tarde al trabajo. Pero –y aquí quizás la gran gambeta del director, la que esquiva el realismo crudo destilado en publicidad de FedEx en Náufrago– Lee Hey-jun no se queda simplemente con el punto de vista del isleño, sino que fragmenta el cuento en dos puntos de vista. El primero, obviamente, el del suicida vuelto literatura decimonónica; el segundo, el de una joven aislada hasta el extremo de, fobia mediante, pedirle leche a su madre por mensajes de texto. No es tanto el buscado contraste entre soledades y superaciones –algo así como una calcomanía universal de “Todos nos sentimos solos; la vida a través de los programas de mensajería instantánea no es vida”–, sino el canon y cañón hitchcockiano del punto de vista, de La ventana indiscreta devenida ventana lunática, del jueguito con la identificación (“Uh, ¡yo me muero si me pasa eso!”) transformado en impulso y nervio primario (“¡Vamo’, loco, vamos el Crusoe que pudo cultivar algo!”). De saber que cada botella lanzada al mar de la cinefilia por Castaway on the Moon posee la misma incertidumbre, el mismo vaivén de envase de Coca flotando con un mensaje: se puede leer de cientos de formas posibles, se puede tomar ese poco –poco por economía de recursos– y construir una aventura tan gigante como un género. Como la comedia romántica, como la aventura (otra vez), como la denuncia: una isla, una película donde la vida puede cambiar, aunque después nos subamos al colectivo y todo vuelva a parecer igual. |