Vimukthi Jayasundara ganó la Cámara de Oro (premio a la mejor ópera prima) en Cannes por The Forsaken Land, una película simbólica y desconcertante que transcurría en un puesto fronterizo durante la prolongada guerra civil que tuvo lugar en Sri Lanka. El cine de Jayasundara está en esa encrucijada con el arte contemporáneo que se mueve entre festivales y museos, entre la danza y la pintura, y no deja de plantear la pregunta por las constantes y los límites del cine. Formado como crítico cinematográfico, Jayasundara hizo luego una residencia en Le Fresnoy, el centro francés dedicado “a la creación audiovisual, digital y multimedia”. Between Two Worlds, su segundo largo, que transcurre después de la guerra civil srilankesa y evoca sus horrores y sus secuelas de un modo igualmente simbólico, es aún más hermético que el primero. Como a esta altura algún lector que haya adquirido entradas para el film comenzará a sentir pánico de entrar en la sala, le decimos que puede tranquilizarse. Ante todo, la película es corta. Y aunque, efectivamente, es difícil identificar a qué apunta cada plano, hay tres cualidades que compensan ampliamente esta pérdida de familiaridad con la narración que propone Jayasundara: hay una profunda comicidad en lo que se narra, las imágenes son particularmente poderosas y cada fragmento del film es en sí un motivo de curiosidad y una microhistoria de final imprevisible. Puede que no podamos identificar a qué intenta aludir el director (si es que el director intenta aludir a algo) cuando en una de las primeras escenas se ve cómo el saqueo a una tienda de electrodomésticos termina con cientos de televisores desparramados en la calle y una turba apaleando a un personaje disfrazado del Ratón Mickey. Pero la escena es absolutamente sugestiva y recuerda, por otra parte, tanto a Godard como a Buñuel (bueno, a mí me los recuerda, pero ni siquiera es importante hacer esa conexión). Es no sólo inútil sino también contraproducente contar el argumento de Between Two Worlds, porque cualquier transcripción en palabras del relato visual lo volvería un poco absurdo. Pero digamos que, tras una zambullida en el mar desde un acantilado y un comienzo urbano, el protagonista vuelve a su aldea en las montañas. Se trata de un personaje alucinado, que cede a todas las pulsiones, desde el sexo al asesinato pasando por el canibalismo (uno se acuerda también de Glauber Rocha) y que vive en un estado de zozobra permanente. Digamos finalmente que el título de la película puede entenderse de muchos modos, pero Between Two Worlds transcurre entre el campo y la ciudad, entre el pasado y el presente, entre la realidad y el sueño, entre la historia y la leyenda, entre la ternura y la violencia, entre la vida primitiva y la tecnología moderna, entre el cine y su porvenir. No se trata sólo de una película original como pocas y de una ocasión para disfrutar del placer visual y de la intriga que despierta, sino que además es tremendamente divertida en un sentido poco convencional pero no menos rotundo. |