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Elvio Gandolfo: La curiosidad sistemática

Más que un periodista, un escritor. Más que un escritor, un observador lúcido de la realidad. En ese punto, coincidieron Ana Porrúa -escritora marplatense- y Fernando Martín Peña, quienes presentaron a Elvio Gandolfo en la Charla con Maestros que se realizó ayer, a las 17, en el Espacio Un Puente.

"Somos muy amigos”, advirtió Fernando Martín Peña. Amistad que surgió cuando allá por el año 1991 los presentó Homero Alsina Thevenet. "Yo en ese tiempo no conocía su obra porque para mí solo la experiencia cinematográfica determina todo lo demás”, dijo el director artístico, medio en serio, medio en broma. Entonces, más allá de la relación personal fue surgiendo un cariño y una admiración por el que hoy engalana el Jurado de la Competencia Internacional.

El motivo de la charla -si es que tiene que haber algún motivo para escuchar a Gandolfo- fue la presentación de su libro La mujer de mi vida. Notas y margaritas, que recopila sus ensayos y artículos breves, que se destacan por su humor corrosivo y su visión particular de la cultura. Y más aún sobre las especiales relaciones que establece entre distintos aspectos del cine, de la literatura, de la vida cotidiana, de las experiencias pequeñas, pero tan elocuentes. Todo tiene un sentido latente. El resultado: una clase magistral en forma de libro, que cualquier amante de las letras, y de las historias, no importa el soporte que se utilice, no debe dejar de leer.

Con la calidez de una charla de amigos en un café, que podría ser en Rosario, Buenos Aires, o Montevideo. Porque Gandolfo no es de ningún lado en particular. "Hombre de muchos mundos”, así lo presentó Peña, entre risas cómplices. Se destacó en la presentación su capacidad crítica, la argumentación lúcida, y sin resquemores que se trasluce en toda su obra. En las Margaritas finales de esta recopilación con sus Me gusta muchísimo, me gusta mucho, me gusta poco, no me gusta nada, Elvio Gandolfo pone su ojo escudriñador sobre películas, libros, y el desandar de la vida en general.

"Cuando era muy joven hicimos, con un grupo de amigos, un corto en un formato que en ese momento parecía el futuro, el Super 8”, comentó Gandolfo. Ese intento fue su primer acercamiento con el cine. "Ese corto lo perdí en Montevideo en un taxi”, confesó. "Siempre soñé con que alguien lo encuentre y me lo devuelva”.

Descontracturado, ofreció al público una lectura al azar de las fabulosas Margaritas, y la respuesta fue espontánea, entre admiración y risas amables.

No me gusta nada: La Coca Cola caliente, las instalaciones, la pedantería ajena -la mía me cae bien-, todos los Reality, el podrido polvillo de los plátanos en la primavera que te liquida los ojos y se te pega en la garganta, los días de la madre, el amigo, la secretaria, el padre, el niño, el periodista, el sistema de transporte de colectivos en Montevideo, el calor top en Rosario, las mamparas de los taxis uruguayos, la soledad sin dinero en Buenos Aires, los adornianos, el dulce de leche malo, tampoco el de membrillo ídem, los últimos números anunciados de las revistas literarias.

Como parte del repaso de su vasta obra, Elvio Gandolfo contó la anécdota de sus primeros intentos literarios. "Leí Ulises, de James Joyce, en un verano cuando tenía 17 años”, contó Gandolfo. "Me partió la cabeza. Nunca leí una novela mejor sobre lo que es de verdad una ciudad”, reconoció. Y continuó con su confesión: "Basado en eso, con la idiotez de la juventud extrema, quise escribir una novela sobre Rosario. Fallido monumental”. Tiré todo a la basura, y luego de ahí surgió El Instituto, que resultó ser una obra masturbatoria adolescente, un alumno de inglés que se enamora eróticamente de su profesora, y muchas cosas más utilizando trucos de las películas de terror”.

Habló de la literatura argentina y advirtió que se siente muy cómodo siendo parte de ella. Y remarcó su admiración por Jorge Luis Borges: "Produce un entusiasmo comparable al más enfermo de los hinchas de fútbol, uno dice «menos mal que tenemos a este que sabe patear»”.

Para finalizar habló de su tarea de Jurado y destacó la importancia de que no haya "tercos” para poder llegar a un consenso en un grupo que debe tomar una decisión tan importante. "Estoy muy contento de formar parte y espero que todos estén a gusto con el dictamen final”.

Inspirador, ameno, desestructurado. No basta una hora para escuchar a un hombre tan prolífico, pero el público tuvo la oportunidad única de escuchar en primera persona la genialidad de un hombre que palabrea lo difícil y lo convierte, como por arte de magia, en simple, cotidiano y real.

 

 

 

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