El don de fluir

El mar golpea insistente la costa de una playa, los autos y las personas transitan por la costanera, pero algo le imprime a esta postal veraniega una dimensión inquietante. Algo hace que todo lo que pueda resultar cotidiano en esta ópera prima de Basma Alsharif resulte extraño. Y a su vez, todas las imágenes lejanas y ajenas tienen una dimensión familiar que las acerca. Ouroboros es ante todo un misterio.
Con planos largos, complejos, llenos de seguimientos sinuosos y un manejo de cámara riguroso, Ouroboros es una reflexión contemplativa sobre Medio Oriente. El trabajo de Ben Russell como director de fotografía tendrá sin lugar a dudas un lugar destacado en el balance de este 2017. Su estilo inmersivo puede rastrearse incluso en su documental Good Luck -parte de la Competencia Internacional del 32º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata-, pero los méritos de Ouroboros exceden la belleza subyugante de sus imágenes.        

Basma Alsharif realiza una indagación poética sobre lo inaprensible de toda otredad. Sobre esas distancias infranqueables que poco tienen que ver con la cercanía o la lejanía. Todos los lugares o personajes de Ouroboros conservan una dimensión desconocida, como si la autora nos recordase en todos sus planos que no existe entidad sin doblez oculto.

 
“Un prisionero encuentra más consuelo en una celda con barrotes que en una con el aspecto de una habitación normal”, dice en un momento la voz en off que reflexiona libremente sobre el amor y el movimiento, y es en ese balance entre descubrir comodidad en lo incómodo, y viceversa, donde la película define su norte. Las imágenes más prístinas son intervenidas corriendo hacia atrás. Las olas vuelven al mar hasta disolverse en el océano, una mujer desanda sus pasos por las habitaciones de su casa, etc. Y a la vez, son estas decisiones estéticas las que cierran el sentido de la película.

La circularidad -que no significa retorno, ni repetición, porque todo vuelve a suceder pero jamás de la misma manera- está planteada ya desde la forma musical que inaugura la banda sonora en la primera escena. La idea está presente en todas las secuencias del film, tanto en los intertítulos que delimitan sus diferentes secciones como en la insistente aparición de recursos técnicos y actores, que desaparecen y reaparecen, siempre sumando una nueva dimensión a lo ya visto.
 

Como la serpiente que se muerde la cola, es difícil hablar de principio o de fin en Ouroboros. La película funciona más bien como una espiral hipnótica. Si en un sentido argumental la película es de una ambigüedad militante, es en el plano de la experiencia sensorial donde Alsharif hace su apuesta más fuerte, y donde Ouroboros deja su huella indeleble.
                                                                                                                     
Cristian Ulloa
 
Proyecciones
Hoy, jue 23, 11.30, ALD 5
Vie 24, 11.30, ALD 5
Dom 26, 15.50, ALD 5
 
 
 
 

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