Uno, dos, ultraviolento

Después del éxito de Bone Tomahawk, su primer largometraje, el director S. Craig Zahler llega a la sección Hora Cero con, probablemente, la película más extrema y visceral de la 32° Edición del Festival. Vince Vaughn en papel estelar, como una bestia imparable, en una maravilla no apta para estómagos sensibles.

 
 

 

Que la primera imagen con la que comienza Brawl in Cell Block 99 sea una lata de cerveza en el asfalto, en primer plano, que inmediatamente resulta aplastada por un automóvil, funciona como una idea-germen de todo lo que vendrá en los siguientes 132 minutos. Es decir, una idea visual que expresa el alma de la película, de un modo sintético, sin palabras, y con una fuerte impronta metafórica. En la última película de S. Craig Zahler, la máquina es Bradley Thomas -Vince Vaughn en su mejor actuación hasta la fecha- y la lata es todo lo demás.
 
Bradley -un hombre-montaña, una mole de casi dos metros, con una cruz tatuada en la parte posterior de su cabeza rapada- llega a su trabajo, y es inmediatamente despedido. Vuelve a su casa, y descubre que su mujer lo engaña. Quiere hacer bien las cosas, pero todo lo lleva hacia la parte más oscura de sí mismo. El hombre es una bomba a punto de estallar.

 

 

Con diálogos que recuerdan a la acidez de los hermanos Coen y algunos elementos del cine de Quentin Tarantino, la película trama un camino in crescendo que bordea todos los límites. Como si se tratara de una sucesión de capas que se superponen -Bradley es un personaje que se construye y reconstruye en cada escena-, Brawl in Cell Block 99 avanza a un ritmo pausado hasta que se desata, y ni siquiera los espectadores de ojos bien cerrados pueden detenerla. Zahler es una de las nuevas promesas del cine norteamericano. Es un director que conoce muy bien al cine de género, que sabe mezclarlo con otros condimentos y que pone en escena a la violencia de un modo descarnado y sin rodeos.
 
Con un elenco que se completa con Jennifer Carpenter, Udo Kier y Don Johnson, la galería de personajes que aparecen paulatinamente, existen en función de los sitios que los contienen. Es decir, todos ellos son como son, en parte, a consecuencia del espacio que los contiene, que los modela, que los castiga y somete. De allí la progresión que realiza Zahler de lo límpido a lo deplorable, de lo azulado a lo amarillo y amarronado, de lo parejamente iluminado a un claroscuro devorador. Porque esas son las formas y los colores del infierno.

 

 

Ezequiel Vega

 

 

Proyecciones
Hoy, mié 22, 16.00, AMB 1

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