#CompetenciaEstadosAlterados

FLAVIA DE LA FUENTE: 3 PREGUNTAS

La ciudad y los patos retrata un lugar típico de Buenos Aires como el Rosedal, pero, como suele ocurrir en el cine de su autora, son los tiempos, las imágenes y los sonidos los que dotan de belleza a un espacio que vimos muchas veces para que lo redescubramos.

 

  

 

¿Por qué siempre filmás sola?

Supongo que, en primer lugar, porque soy bastante solitaria. Me gusta pasar horas sacando fotos o filmando en silencio, yo sola en contacto con lo que sea. Así me siento más libre y me puedo concentrar con más facilidad. De otra manera, me pondría muy nerviosa, con gente alrededor que espera de mí algo determinado que yo desconozco. Necesito la libertad de la soledad. Aunque, a veces, me gustaría tener un compañero, pero tendría que ser un alma gemela con quien vagabundear sin medir el tiempo, con el trípode al hombro sin saber muy bien qué hacemos. Este año, en Buenos Aires, como me sentía desprotegida, compartí el tiempo con mi amiga Gabriela Ventureira. Ella iba a los parques a sacar fotos y yo filmaba. Y, por suerte, como las dos somos infatigables, volvíamos a casa cuando ya no había más luz o cuando alguna se congelaba. Además, mis proyectos son muy vagos. Pienso: “Voy a buscar imágenes del paraíso en Buenos Aires o la belleza en San Clemente”. Y con esa consigna se van haciendo las películas a medida que voy filmando. Y eso es muy difícil de compartir. Nunca sé bien adónde voy a ir, ni cuántos días voy a tardar en lograr tener una película. ¿Cómo trabajar en equipo de esa manera? Hay también una razón presupuestaria. Con mis películas gasto lo mínimo indispensable. Tengo la misma cámara hace cuatro años, una sola lente de 25 mm, un grabador de sonido y un trípode. Y muchos discos duros llenos de material para trabajar o con las películas terminadas. Como soy una cineasta amateur y no gano dinero, no estoy en condiciones de pagarle a alguien para que trabaje conmigo, por ejemplo, en el sonido. Aunque este año tuve la suerte de poder trabajar con dos sonidistas, mi sobrina Vera Rubinstein, que es estudiante de cine y actriz, y mi amiga Laura Novoa, música y crítica, entre otras cosas. Fue un privilegio. Editamos el sonido muchos días juntas. Creo que la banda de sonido fue lo que más trabajamos en La ciudad y los patos. Y quedó muy bien. Fue una edición profesional. Filmar para mí es como meditar o nadar en el mar. Me refresca y me llena de energía y alegría. Vuelvo a casa feliz, aunque la cacería haya sido mediocre. Aunque, si fue buena, esa noche tengo sueños deliciosos y apacibles. Debo agregar que nunca trabajo sola del todo. Una vez que tengo el primer montaje de la película, lo empiezo a trabajar con mi productor y marido, Quintín. Él me critica y me hace sugerencias siempre muy pertinentes. Quintín es muy detallista y exigente. Y, además, es incansable. Siempre encuentra algo que cambiar, hasta cuando estamos haciendo el DCP. Lo cierto es que, sin mostrarle a Quintín primero, no me animo a hacer nada. En cambio, si a él le gusta lo que hice, ya me siento tranquila y contenta y pienso: “Misión cumplida”. Aunque después a nadie más le interese. No me importa. O me importa poco.

 

 

Sabemos que La ciudad y los patos es la primera parte de una trilogía sobre la ciudad de Buenos Aires. ¿Nos podrías contar algo más sobre esto? 

Este año vinimos en abril a Buenos Aires, como siempre, para ir al Bafici. Pero esta vez fue diferente. Vinimos con la decisión de pasar todo el invierno en la ciudad. Y, por primera vez, trajimos a nuestra perra Solita, que tiene 10 años y nunca había salido del pueblo. La pobre no conocía más que la playa y nuestra casa. Y allá tenía jardín. Fue una experiencia muy dura para mí, la adaptación de la perra y la mía. En realidad, creo que Solita se acostumbró antes que yo a Buenos Aires. Así que pasé un otoño malo. Andaba mal, nerviosa, perdida, en estado de zozobra permanente. Lo único que me hacía bien era andar por los parques. Aunque en realidad eso me pasa siempre. Siempre ando en busca del sol, las flores, los árboles. Necesito pasar muchas horas al aire libre. Como decía Jünger en su vejez, a los 94 años: “Hay que pasar al menos dos horas al aire libre y, si es posible, tres”. Yo soy así, soy de esa especie que necesita el contacto con la naturaleza. Walden es mi libro de cabecera. Y San Clemente fue mi Walden, mientras duró. Pero ahora tengo que encontrarlo en Buenos Aires. Volviendo al proyecto, en esas horas de paseo, en esa búsqueda de sosiego, se fueron armando las películas, que son también un intento de transmitir serenidad y alegría, un respiro en medio del caos urbano. Por ejemplo, como teníamos que llevar a Solita a pasear todos los días al Parque Las Heras, ocurrió que me enamoré de los tilos. Nunca los había notado y sucumbí a su belleza. ¡Tal vez crecieron en los 14 años que viví en San Clemente! Así que me puse a filmarlos. Los filmé verdes y también amarillos y dorados hasta que se quedaron sin hojas. Mi sueño de siempre era hacer una película con flores en el Rosedal, algo tipo Alicia en el País de las Maravillas. Imágenes del paraíso, como dice Jonas Mekas, o de cuentos de hadas. También quería filmar bosques como los de Tim Burton. Así que, poco a poco, se me fueron armando tres películas distintas: El Rosedal (o La ciudad y los patos), otra que será en el Botánico, que va a tener música en partes de la banda sonora, y otra sobre la Plaza San Martín. También tengo una sobre los tilos en otoño, y el año que viene espero poder filmar el río en la ciudad, si mi amiga Gabriela me acompaña de nuevo. Así que creo que lo de la trilogía quedó en el pasado. Ahora van a ser como cinco películas. O más. 

 

¿Por qué decidiste salir de San Clemente para esta nueva película? 

No decidí salir de San Clemente, sino que me tuve que volver a vivir a Buenos Aires. Y, como ya no puedo vivir sin filmar, lo hago donde estoy. En San Clemente filmaba sobre todo en el muelle o en la playa enfrente de casa. Era perfecto. Pero decidimos mudarnos y eso se acabó. El año próximo vamos a pasar el otoño, el invierno y la primavera en Buenos Aires. Así que quizás pueda filmar algo en la playa en el verano. Eso es algo que vengo postergando. Registrar el verano en la playa, los colores, la gente jugando, no sé, una película sobre la alegría. Siempre pienso en eso cuando salgo a caminar a eso de las cinco de la tarde y veo a la gente riéndose con los chicos, los perros jugando, las sombrillas de todos colores. Ese aire de felicidad veraniega que lo inunda todo me resulta irresistible, pero nada fácil de filmar. 

 

 

La ciudad y los patos 

Argentina, 2018 / 56’ / DCP / Color

 

 

Funciones:

VI 16 - 11:00 - AMB 2 

VI 16 - 22:00 - AMB 2

SA 17 - 13:15 - AMB 2

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