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Océano de sonido

La directora Lucrecia Martel dictó una multitudinaria Masterclass llamada “Phonurgia” sobre la radical importancia del sonido en el cine y recibió el Premio a la Trayectoria en manos de la directora artística del Festival. 

 

 

 

Dadas las inclemencias climáticas del pasado sábado 10 de noviembre, algunos invitados no llegaron a presenciar la inauguración del 33° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. La directora Lucrecia Martel debía recibir el Premio a la Trayectoria por su amplia tarea en el campo cinematográfico argentino y entonces la sede de Tronador Concert –espacio reservado para su Masterclass– fue el lugar en el que le otorgaron el galardón en manos de la directora artística del Festival, Cecilia Barrionuevo. Las cuatrocientas personas que se congregaron para presenciar la Masterclass rompieron en un cerrado aplauso. 

 

Lucrecia Martel comenzó su charla titulada Phonurgia con una larga serie de reflexiones acerca del sonido y su incisión en las imágenes, su relación con el tiempo y las herramientas que quizá pasen desapercibidas al ojo en un primer intento de hacer cine. Aclaró apenas empezada su ponencia lo destacados que resultan estos eventos considerando que un cineasta apenas puede vivir de hacer películas. Los guionistas, sonidistas, realizadores en general y la audiencia –entre muchos otros admiradores de su filmografía que estaban presentes– recibieron de primera mano lo primero que Martel aprendió con la experiencia: “Todo en el cine se falsea”. En un tono afable y plagado de anécdotas personales en medio de una dinámica escénica que invitaba a generar más inquietudes, señaló que la persecución de la verdad –en el cine, en la vida– está acompañada de sonidos, entonces ese efecto de resonancia debe estar dirigido al espectador.

 

“La banda sonora es el origen que me organiza narrativamente”, aseguró la directora de Zama. Contempló que los sonidos constantes son los que se dejan de escuchar por asimilarlos naturalmente y es quizás hacia donde se deba volver. El realizador tiende en rigor a ir hacia los esquemas establecidos y no se arriesga tanto a asumir desafíos, cuando en realidad son esos riesgos los potenciales que harán más interesante su trabajo: “Hay que inventarse herramientas para enfrentarse a uno mismo”, afirmó Martel. Repasando la evolución del cine, (“No sé nada sobre la historia del cine”, bromeó), recordó que del cine mudo –más allá del sonido de las orquestas en vivo– se pasó a la voz de los actores y eso fue el cambio verdaderamente radical. Esa reconstrucción sonora, esa corporalidad, le dio volumen y pesadez a la imagen por primera vez: el sonido revalorizó la imagen.

 

“La verdad está asociada a la luz”, sentenció, “y se transmite a lo que se ve, a la imagen, lo tangible, real”. Sin envolverse en dialécticas filosóficas se refirió a la verdad como poder (“En las tinieblas no somos poderosos”) y a la fragilidad de la cultura frente a estos preceptos. “La relación revolución-palabra está unida por el sonido, somos lo que decimos, la palabra escuchada”, finalizó.

 

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