«Todo efecto visual tiene que responder a la historia misma»

En el marco del Seminario de Cine de género, los directores Andrés Borghi y Matías Rispau expusieron sus modos de trabajo en el área de postproducción, y coincidieron en que los efectos visuales deben partir -principalmente- de la propia realidad. 

Andrés Borghi y Matías Rispau son dos cineastas que -más allá de sus labores de realización- participaron en otras producciones como supervisores de FX, operadores de cámara o coloristas. En el encuentro "Efectos visuales: La última frontera”, el moderador Gabriel Patrono presentó a los entrevistados, quienes expusieron un recorrido por toda su obra.
 
Desde cortometrajes osados y plagados de efectos especiales como Otakus, a producciones despampanantes con bajo presupuesto –Nacido para morir, película proyectada en la edición 29 del Festival, o Blanco o negro- tanto Borghi como Rispau coinciden en la insistencia y la voluntad como factores importantes a la hora de iniciar tareas de postproducción. Borghi cuenta que "Nacido para morir tiene 490 planos con VFX. Pero porque la historia los necesitaba, era una película excesiva”. Para ellos, ningún elemento del contenido debe distraer de la historia que se narra, cada parte del proceso debe tender a la organicidad. 

"Todo efecto visual tiene que responder al guion, a la película misma”, comenta Rispau. Un exceso puede llevar a una separación -por parte del público- de lo que sucede en escena, por notar el artificio. "Los efectos son elementos que deben utilizarse para sostener la historia, nada más”. 

El crecimiento de la producción de cine de género en Latinoamérica es un factor de motivación; directores como Daniel de la Vega, Laura Casabé o Pablo Parés son referentes de trabajos hechos a pulmón, donde la postproducción es uno de los elementos claves en la construcción del verosímil. Muchas veces, las condiciones están limitadas, y la edición de efectos visuales queda supeditada a variables económicas o de disponibilidad. Pero lo ideal, según Borghi, es ingresar a trabajar en la película en su etapa de preproducción. El diálogo con otras áreas como la dirección de fotografía o el equipo de arte es vital, pero lo más importante es la relación con el director de la película. "Hay una realidad: la frase «Se arregla en post» no debe ser mal vista. Debe usarse con cautela, y el director debe conocer el mundo de la postproducción. Alguien sin experiencia puede ser un problema”.
 
Programas básicos como el Media Studio pueden resolver situaciones, pero la herramienta indispensable para ambos entrevistados es el After Effects. "El mejor modo para aprender a usarlo es indagar. Ver tutoriales en Youtube, leer foros en Internet”, explica Borghi. "Pero, más allá de eso, saber manejar un programa es un 20% del proceso. Uno debe conocer de física, de iluminación, saber cómo cae y se mueve un cuerpo real”.

Para Rispau y Borghi el trabajo con efectos visuales o VFX debe partir de la realidad. Es decir, establecer un híbrido entre efectos prácticos –los realizados de modo artesanal, en set- y VFX. Es de la conjunción de ambos que uno logra una sensación de realidad que no caiga en la artificialidad notoria. 

Los recursos parten de locaciones reales o de maniquíes preparados, a los que luego se le sumarán trabajos de trackeo de movimiento, texturas, correcciones de color y el uso de plugins como Sapphire, Magic Bullet o Video Copilot. "Por momentos, uno pasa a ser un artesano del pastiche”, acota Borghi. 

Largometrajes como El muerto cuenta su historia –donde Borghi ofició de supervisor de FX- o Blanco o negro -la segunda película de Rispau, proyectada en la sección Hora Cero del Festival- sirven de ejemplo de la efectividad de la integración de los VFX a la realidad. Realizar lo contrario -abusar de los efectos visuales para supeditar la realidad a ellos- es un error común que, afortunadamente, está en disminución en este renacimiento del cine de género local. 
 
Ezequiel Vega

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