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3 preguntas a María Álvarez

La directora describe y analiza distintos aspectos de su nuevo documental, El tiempo perdido, que integra la Competencia Argentina del Festival.
3 preguntas a María Álvarez

Las cinéphilas se ramificaba a través de distintas historias reales y ficticias (aquellas en las películas mencionadas), además de varias ciudades. ¿La decisión de concentrar este documental en el café y las reuniones se dio naturalmente o ya habías definido ese contraste?
Sí, es cierto que son dos documentales formalmente opuestos. Pero a la hora de pensar El tiempo perdido no contrasté ninguna decisión creativa con aquellas que había tomado en Las cinéphilas. Cada película es un universo. Al pensar en el grupo de lectura, en lo que ellos hacen (se juntan hace casi veinte años a leer), y al superponerlo con mi propia lectura de la novela de Proust y con la necesidad de expresar de alguna manera lo relativo y complejo que son los conceptos de “tiempo” y “espacio”, todo me fue llevando a que la mejor manera de retratar esta experiencia era mantenerme dentro de ese café típico de Buenos Aires, creando una especie de micromundo. No fue una decisión fácil. No es fácil sostener una película de más de 100 minutos en un mismo lugar. A varias personas, cuando les contaba el proyecto, les parecía una locura. No podían entender por qué me ponía a mí misma esa limitación. Yo creo que las limitaciones conforman el estilo.


¿Qué creés que es lo que motiva al grupo a seguir revisando la misma novela durante tantos años?
En un sentido filosófico, no es la misma novela. El espectador o el lector completa la obra y, si se modifica el lector, se modifica la novela. Todos sabemos que los años nos modifican. En la película Roberto, uno de los protagonistas, insiste: “La lectura es una actividad creativa, en cada lectura uno descubre cosas nuevas”. Y Proust escribe: “Uno es lector de sí mismo”. Entonces el libro es como un espejo. Lo mismo pasa con las películas. Ver La dolce vita siendo una estudiante de cine no es lo mismo que verla a los cuarenta años. No es la misma película. Las propias vivencias y sentimientos modifican lo que vemos. A esto hay que sumarle que En busca del tiempo perdido no es una novela convencional. Es una obra monumental de siete tomos con un total aproximado de 3.500 páginas. Y es una obra muy compleja. Volvemos aquí a las dificultades. No es una obra de fácil lectura, menos en estos tiempos. Pero en toda esa complejidad está la obra maestra.


En este contexto es inevitable pensar en las reuniones filmadas como una costumbre ya muy lejana, y lamentablemente también sabemos que el café donde se producían dejó de funcionar. ¿El grupo sigue comentando el libro de manera virtual?
El grupo no se reúne desde que empezó la pandemia. Esas reuniones son irremplazables por una pantalla. Y más para varios de los participantes, que ni siquiera usan la tecnología como método de comunicación cotidiana. Unos meses antes (cuando todavía ni nos imaginábamos que el 2020 sería lo que fue) cerraron el Café Tribunales y “los proustianos” empezaron a buscar un nuevo lugar para reunirse. No es fácil encontrar un sitio tranquilo los sábados por la tarde, para quince personas que, más que a consumir, van a leer. En eso estaban hasta marzo, buscando un lugar apropiado. Cuando filmamos la película no teníamos idea de que justo al terminarla el bar iba a desaparecer y que, unos meses después, un virus iba a impedir que la gente se reúna en lugares públicos. El documental se resignificó bastante con todo esto, la coyuntura modificó el foco de la película. Pero no tengo dudas de que, apenas se aclare el panorama, el grupo volverá a juntarse y será momento para “el tiempo recobrado”.