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3 preguntas a Nicolás Zukerfeld

El director de No existen treinta y seis maneras de mostrar cómo un hombre se sube a un caballo, película que integra la competencia Estados Alterados de esta edición, responde a nuestro cuestionario.
3 preguntas a Nicolás Zukerfeld

Las dos partes de la película están determinadas en distintos aspectos por el azar y las acciones ajenas, pero también por decisiones formales muy puntuales y contrastadas. ¿Cómo llegaste a esa totalidad?
Al principio la película iba a ser puramente programática: compilar fragmentos de películas de Raoul Walsh donde las personas se subieran a caballos para ver/comprobar la frase que da título a mi película. Cuando en el transcurso de la investigación sobre el origen de la frase aparecieron las puertas, la forma de la película cambió. Ahora había que buscar puertas y caballos en las películas de Walsh. Dibujamos esa estructura y obtuvimos la "totalidad". La película funcionaba en mi cabeza, pero solo de manera abstracta. La investigación comenzó a adquirir un carácter rocambolesco y absurdo y pensamos en la posibilidad de incluirla dentro de la película. Ahí aparecieron las dos partes: el archivo y la investigación, como dos variaciones de una melodía. De todas maneras, yo no quería que la película fuera solo la exposición de un gráfico o la comprobación de un teorema. En todo caso quería ver la resistencia de esa forma. Entonces la gracia, en el montaje, era inventar un juego con sus propias reglas, pero cambiarlas a medida que se agotaran.


Sin revelar nada que no quieras, ¿dirías que el proceso fue fiel a lo narrado en la segunda parte?
Bueno, en primer lugar, hubo una decisión que a mí me ayudó a distanciarme un poco del relato y jugar un poco con la ficción, que es haber narrado toda la segunda parte en tercera persona. Esa libertad, de todas maneras, tomó muchos acontecimientos que realmente sucedieron de esa manera, que se contaminaron de algunas invenciones y que, sobre todo, se comprimieron en mucho menos tiempo del que llevó la investigación real. En la película, el profesor desarrolla su obsesión durante tres días aproximadamente, en cambio, mis amigxs y yo la desarrollamos durante un año.


¿Cuál es tu relación como cineasta con la frase? ¿Orienta o determina la manera en que dirigís?
La frase para mí, como todo el cine clásico, es clara y difusa. Si bien cuando me propongo hacer una película no determino a priori si será “clásica”, “moderna”, etc., sí aprendí con esa frase lo difícil, complejo, misterioso y, al mismo tiempo, paradójicamente sencillo que es el relato clásico. Uno puede hablar de técnica, de poner la cámara acá o allá, de mantener los ejes, de respetar el aire, de equilibrar el encuadre, pero el lenguaje clásico es también otra cosa. Esa “otra cosa” todavía me estimula a seguir pensando y haciendo películas.