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3 preguntas a Tatiana Mazú González

Dialogamos con la directora de Río Turbio, una de las películas que integran la Competencia Estados Alterados.
3 preguntas a Tatiana Mazú González

La película comienza con la imposibilidad de filmar. ¿Cómo te planteaste el proyecto a partir de ese obstáculo?
Siempre pienso en una imagen que para mí sintetiza el trabajo que hay atrás de esta película. Pienso en cuando era chiquita, me caía al piso jugando y me lastimaba las rodillas. Salía sangre. Con el tiempo la sangre se secaba y después yo arrancaba la costra, para ver qué había debajo y cómo se reconstruía el tejido. Me parecía mágico ver piel nueva y resplandeciente. Otras veces me equivocaba: era demasiado pronto, la herida se abría y el ciclo empezaba otra vez. Algo de esa curiosidad dolorosa fue para mí hacer esta película. Siempre supe que, al menos yo, no iba a poder entrar a filmar, porque las mujeres tenemos prohibido míticamente el ingreso a mina. Esa negación, ese silencio fue el motor inicial de todo y también lo que me hizo direccionar la mirada y la escucha hacia lo que sucede en superficie –con las mujeres, con el paisaje–. La empresa nos negó el permiso incluso para que mis compañeros varones ingresaran a filmar. Lo hicieron clandestinamente, gracias a los trabajadores.


El documental mezcla distintos recursos visuales y sonoros. ¿Por qué elegiste narrar desde el campo experimental?
Si me inscribiera dentro del campo experimental, lo haría en un sentido amplio, pensando en el cine como una forma lúdica y sensible de vincularse con el mundo. La película empezó sin querer, a través de una serie de notas sobre distintos materiales de archivo con los que me fui topando a lo largo de un mes y medio: el VHS de unas vacaciones de infancia, donde veo por primera vez imágenes del chico que había abusado de mí en aquel momento, y una foto de mi abuela sosteniendo una escopeta que se pixelaban una y otra vez cuando intentaba escanearla. Un manual de geología tirado en la basura. Anoté en esos días: “Encuentro puras imágenes mudas que se autodestruyen”. Creo que esas “roturas” que guían la película tienen que ver un poco con todo esto: es una película que es una herida abierta, un poco inasible y negada, como los secretos que guardamos. Vivir en este mundo es para mí una experiencia fragmentada, rota. Lo que hice fue intentar encontrarle algún sentido a través del montaje.


Río Turbio no solo cuenta una historia sino que se presenta como una obra de denuncia. ¿Considerás que el cine, y tu documental, es una forma de activismo para generar cambios sociales?
Yo me reconozco como activista feminista y de izquierda. El cine que me interesa hacer es el que abraza la tensión entre un cine político programático y la experimentación. Creo que hay que dar una disputa material y simbólica grande para destruir algunas categorías y prejuicios posteriores a las derrotas de las revoluciones del siglo XX, en torno a lo que el cine experimental por un lado y el cine ligado a las experiencias militantes por el otro pueden o deben ser. Pienso en cómo ciertas formas radicales del cine pueden de alguna manera rasgar ese velo de normalidad anestésica con el que los poderes hegemónicos van cubriendo el desastre que van dejando a su paso y enunciar como artificios las estructuras que las cinematografías del capitalismo patriarcal plantean como verdades. Pero no basta el cine para cambiar el mundo. Hace falta una revolución política y económica. Sí creo que el cine puede y debe ser parte de esos procesos de demolición y hay hermosos ejemplos en la historia.