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Competencia Argentina

3 preguntas a Martín Solá

El director de Metok nos da detalles sobre su película, que integra la Competencia Argentina.
3 preguntas a Martín Solá



Sin duda Metok es no solo la protagonista sino también el corazón de la película. ¿Cómo la conociste y cómo fue el trabajo con ella?

Nosotros no podemos viajar muchas veces al lugar por el costo y la distancia; viajar de Argentina a India-Tíbet es difícil. Entonces lo que yo hago es buscar durante mucho tiempo contactos locales; puedo estar dos años tratando de encontrar al mejor contacto local. Luego pasa a ser parte del equipo de la película, le explico lo que deseo y prepara un casting, cuando llegamos al lugar comenzamos a verlos y terminamos eligiendo a él o a la protagonista. De esta manera llegué a Metok. Lo que sí creo que es muy importante aclarar es que cuando armo el plan de rodaje lo pienso de tres meses: el primer mes es para elegir el personaje y las locaciones, el segundo filmamos y el tercero es por si hay que filmar de nuevo cosas que salieron mal. El trabajo con Metok fue muy fácil: ella es muy inteligente y tranquila. Antes de comenzar las escenas o situaciones le decíamos qué queríamos; ella no sabía nada de antemano y lograba hacer todo con gran naturalidad. Sobre todo, nos ayudó mucho cuando llegamos a filmar con su familia, con su madre; ahí ella se puso la película al hombro. Para que esto suceda es importante vivir con los protagonistas, no solo filmar; es decir, comer juntos, dormir en la misma casa, tomar café, etcétera. Eso lo pudimos hacer con Metok en muchos momentos y creo que ayudó a que ella se comprometiera con la película.


¿Cómo fue el proceso de producción y de rodaje en un contexto tan complejo?

Muchas cosas ligadas a la producción están respondidas en la pregunta anterior. Lo que sí me gustaría agregar es que, durante el rodaje en estos lugares uno tiene que tener siempre un plan B y C. Pongo un ejemplo para que se entienda: cuando estábamos en Sirinagar (Cachemira) tuvimos que dar de baja una locación por un conflicto bélico con Pakistán. En esos momentos la importancia del contacto local es fundamental no solo para que te salve la vida, sino para encontrar opciones de locación y filmar rápidamente. Por suerte lo pudimos hacer porque estábamos muy bien asesorados.


Tus películas se alejan del cine “de denuncia” que suele abordar estos temas, pero no por eso dejan de ser políticas. ¿Por qué decidiste abordar estos conflictos y hacerlo de esta manera y qué considerás que puede aportarnos el cine para pensarlos?

Lo que puedo decir es que yo creo en la idea de apertura, de ir a filmar realidades muy complejas como Palestina, Chechenia o Tíbet, no desde un ideología cerrada, fanática y binaria, algo que hoy está muy de moda: muchas personas hablan como si hubieran tenido una epifanía, son “almas bellas” que le ponen un nombre al mal y desde ahí juzgan toda la realidad con “superioridad moral”. Pondré un ejemplo para graficar lo que quiero decir con la idea de apertura. Cuando filmamos Hamdan, la primera parte de la trilogía, fue difícil para mí estar ante un hombre que había cometido un atentado. Rápidamente entendí que yo no podía juzgarlo, y me abrí para que entrara su realidad en el film. Si de algo estoy contento con la trilogía es de que nosotros nos encontramos con el otro, pero con el otro de verdad: en Palestina, un “terrorista”; en Chechenia, un hombre sufí muy religioso; y en Tíbet, una chica que a los siete años entró en un monasterio. Y creo que no los filmamos desde el fanatismo: no creíamos que nuestros “valores occidentales” eran superiores a los de ellos. Hay gente que critica mis películas por no denunciar más. Escapar de un cine que tiene una visión binaria del mundo para mí es una necesidad. Además, con el argumento de “denuncia”, dejan de lado la forma cinematográfica, la materia prima con la cual construimos nuestras películas.