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Competencia Latinoamericana

3 preguntas a Pablo Giorgelli

El director de La encomienda nos da detalles sobre su película, que integra la Competencia Latinoamericana.
3 preguntas a Pablo Giorgelli



Han surgido historias y anécdotas alrededor de la filmación de La encomienda. ¿Cómo fue su proceso de rodaje?
 
A pesar de haberla rodado en plena pandemia (septiembre de 2020), en otro país (República Dominicana), con cuidados y protocolos estrictos, disfruté y me divertí especialmente filmando esta película. Fue hermoso y aprendí muchísimo: filmar en el agua es otro mundo. Hay otras cuestiones para tener en cuenta en comparación con un rodaje convencional: la flotación de los objetos, que se mueven permanentemente, hace difícil armar los planos; el agua cansa mucho a los actores y a uno mismo, te agotás mucho más rápido; el clima del Caribe cambia a cada momento. De todos modos, a los dos o tres días ya me sentía como pez en el agua. Yo soy un director al que le gusta estar en el set, cerca de los actores, así que andaba flotando sobre unas plataformas o metido en el agua a veces. En fin, todo muy difícil y alucinante a la vez. Tal vez, los mayores desafíos hayan sido las escenas de tormentas y las submarinas, en primer lugar, porque nunca había filmado ese tipo de escenas y también porque no disponíamos de recursos a lo Hollywood… Pero todo eso se compensaba en gran medida con la entrega de un equipo técnico y una producción a prueba de balas, sin los cuales, verdaderamente, esta película no hubiera sido posible. Pero, más allá de estas consideraciones, al final del camino, para mí, siempre, ineludiblemente, lo más importante es el trabajo con los actores. En eso y en la puesta de cámara es donde pongo el foco cuando filmo, y en La encomienda el resultado es espectacular. Los tres actores de la película (Ettore D’Alessandro, Henry Shaq y Marcelo Subiotto) hacen un trabajo impresionante. Ellos son la película.
 

La película muestra claramente los prejuicios, desigualdades y abandonos propios del mundo moderno. ¿Cómo lograste incorporar todos estos elementos en una historia de naufragio y de qué manera querías abordarlos?
 
La película se construye a partir de dos ejes centrales: por un lado la línea política y por el otro la más vinculada a la supervivencia. Desde el primer momento, para mí era esencial contar el contexto político en el que se desarrolla la historia. Ese es, precisamente, EL tema, de eso habla la película. Ya el guion había sido escrito teniendo en cuenta esto como norte. Lo que les ocurre a los personajes les ocurre justamente porque el mundo funciona como funciona, bajo las reglas de un capitalismo inhumano que genera desigualdad, dolor, y cuya consecuencia, paradójicamente, no es la empatía sino la exclusión y el racismo. ¿Qué hacen estos hombres ahí, flotando a la deriva en medio del mar? Toda la película se construye a partir de esta premisa, posando la mirada sobre este sistema que funciona como una máquina de generar marginados, sobre gente desesperada cuya única opción termina siendo la migración y son pocas las veces en que las cosas resultan de acuerdo con el tamaño de la esperanza que puso en marcha cada uno de esos viajes. Luego, la trama de la supervivencia, lógicamente, se enfoca en Pietro, Abreu y Benel, en su lucha sin descanso contra ese entorno salado y estéril, infinito, que se les presenta ajeno y hostil a cada segundo.


La familia es lo que mueve al personaje de Benel y es un rasgo presente en toda tu filmografía. ¿Qué es lo que te interesa explorar de esos lazos que, en este caso, sirven para atar la historia de dos náufragos con la sociedad?
 
Me interesan los vínculos familiares, es casi lo único que, por ahora, me motiva a la hora de pensar en una película. Los temas que me dan la fuerza y las ganas de meterme en el gigantesco y hermoso problema que es hacer una película tienen que ver con la exploración de estos lazos. De otro modo se me hace muy difícil sostener un proyecto en el tiempo que, en mi caso, siempre son varios años. Para lograrlo tengo que estar enamorado de lo que voy a hacer. Tiene que haber algo, una fuerza misteriosa e inexplicable que me lleve de la mano; y ahí voy, ciego, imantado detrás de esa fuerza, sin saber del todo qué estoy haciendo, ni por qué, ni para quién, pero avanzo con una confianza tal que a veces no me reconozco. Es básicamente una cuestión de deseo y de convicción, un acto de fe, casi una religión. Y hoy por hoy esa religión se manifiesta en el trabajo sobre los lazos familiares.